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La caída del imperio mundano de Pedro J. Ramírez

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No todos estarán de acuerdo, eso es bueno, pero ya era hora que El Mundo cambiara su línea editorial progresista, entiéndase la de los progres, destituyendo a su máximo responsable, a saber Pedro J. Ramírez. Los asiduos lectores del periódico nos dimos cuenta, hace mucho tiempo, de la similitud entre El País y El Mundo.

Ciertamente que no veíamos diferencia entre ambas especies, de libelos, del moderno progresismo. Rechinaba tanto progresismo en El Mundo. Con premeditación, nocturnidad y alevosía Pedro J. Ramírez ha llevado a El Mundo a un declive conservador en su línea editorial, pasando al auge más progre que nunca se ha visto, ni se verá, en El Mundo.

No hay que confundir progre con progresista, que son dos conceptos antónimos claramente diferenciados y enfrentados. Los medios de comunicación nunca han sido, ni podrán ser imparciales.

La pretendida imparcialidad e independencia, demasiada, de Pedro J. Ramírez de los accionistas, verdaderos dueños del periódico, ha propiciado lo que podríamos definir como la caída del imperio mundano de Pedro J. Ramírez.

Los aplausos de su anterior redacción, de redacciones ajenas, adulaciones, halagos y guiños, no han impedido el declive profesional del que llevó a El Mundo a un transformismo imposible de ocultar.

Como director de un periódico, con una línea editorial supuestamente conservadora, Pedro J. Ramírez vistió y trasformó un medio de comunicación para el público, en un medio de expresión privada para su beneplácito y autosatisfacción personal.

El director de un periódico, no puede superponer su vida privada a la línea editorial del medio que dirige y representa. Travestir El Mundo de progre, debería quedar en el ámbito de lo privado de Pedro J. Ramírez y no traslucirse al ámbito público que representa un medio de comunicación como el ya mencionado.

Los fantasmas de los oscuros poderes fácticos, sacados a relucir en cualquier enfrentamiento mediático, han sido soltados a modo de globos sonda y de justificación injustificada, para defender lo indefendible. No son otros los responsables de la caída del imperio mundano de Pedro J. Ramírez.

Solo él y nadie más que él es responsable de su amarga situación, por mucho que la quiera dulcificar. La prepotencia mediática se acaba pagando y apagando. Los medios de comunicación, en general, han ganado con este cambio. La pluralidad informativa está mejor asegurada.

Cada uno que se vista como quiera, que piense como guste, pero que se atenga a las consecuencias que conlleva decir lo que se crea conveniente.

La libertad de expresión tiene los límites qué la misma libertad impone. No se puede criticar impunemente, acusar sin pruebas verificables o desprestigiar injustificadamente a todas las instituciones, sin consecuencias inmediatas y directas. Insinuar o afirmar que la mano negra de ciertos poderes, sean políticos o monárquicos, están detrás de la caída del imperio mundano de Pedro J. Ramírez, es como mínimo incongruente.

La suprema Ley que rige este mundo, incluido El Mundo, nos enseña que “antes del quebranto está la soberbia, y antes de la caída, la altivez de espíritu” de soberbia y altivez de espíritu estaba muy sobrado Pedro J. Ramírez y su caído imperio mediático.

Como simple lector de El Mundo, y director de mi propia conciencia, tengo el deber y el derecho de expresar mi opinión, aunque no tenga detrás una redacción que me aplauda emotivamente

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